Tamara de Lempicka, la pintora más sensual y erótica del siglo XX

Tamara de Lempicka, la seducción traducida a un lienzo

 Decidido. Ante el desconsolador panorama político y económico que subsiste, resiste y persiste -y por mucho que se anuncien brotes verdes, yo no alcanzo a ver más allá de los que contiene mi suculenta terrina de alfalfa germinada- he resuelto amortiguar en lo posible mi colapso existencial volviendo una vez más mi mirada hacia la belleza erótica y sensual.

   De tal manera que localizo mentalmente mi Carpeta de inspiración para momentos de desencanto y me detengo en la subcarpeta Divas de tomo y lomo; escojo la sección Artistas y selecciono a Tamara de Lempicka. Uff, ya empiezo a sentirme mejor. Respiro con la concentración de un monje Shaolin y ya siento que mis endorfinas se disparan y saltan entusiasmadas. Se les antoja que vamos a pasar un estupendo rato refrescando la obra de esta extraordinaria y sensual artista, injustamente ninguneada en las enciclopedias de Arte.

Si bien es sabido que las circunstancias económicas -sobre todo las nefastas- han servido en tiempos pasados para inspirar y moldear el arte de un modo insólito y subversivo (léase, el surrealismo), eso no parece ocurrir en estos aciagos momentos de nula o escasa inspiración.

Porque, o bien se lleva fraguando desde hace años en las trincheras artísticas una nueva expresión reveladora y crítica que acabará felizmente por cristalizar, o mucho me temo que la máxima expresión artística se limitará a rescatar una fórmula estética del siglo pasado: el collage, precisamente por cuanto hace de la composición de “recortes” su máxima fuente de inspiración (ejem, ejem).

   La existencia de estos dos factores -el económico y el artístico-, salpicados con momentos de sonoros éxitos y de rotundos fracasos, condicionaron la biografía de la artista calificada como Art déco, la baronesa polaca Tamara de LempickaKuffner (1898-1980).

Aspirando a lo largo de su vida a revivir la opulenta situación económica de su más tierna infancia, Tamara se vio obligada a instalarse desde San Petesburgo a París (1918) huyendo de los bolcheviques en compañía de su primer marido; años más tarde lo haría en Hollywood (1939), ya como baronesa Kuffner -título obtenido con su segundo matrimonio- intuyendo en esta ocasión la amenaza nazi.

   París fue la ciudad  que marcaría su vida. Allí, una inesperada penuria atizó un espíritu de superación que le hizo rebuscar en la recámara de sus talentos y decidir darle brío a su vena artística. Y vaya si lo consiguió. Sus sensuales trazos y su singular uso del color -combinando notas cromadas y llameantes en un mismo lienzo- definieron su particular estilo.

La bella Rafaela

Irónicamente, pues, su paleta de colores le sirvió como tabla de salvación de su tempestad económica, y fue su salvoconducto a la posteridad. Desinhibida y transgresora, batalló a lo largo de su vida para obtener su reconocimiento como artista, guiada por un hambre de éxito que sólo abandonó en los últimos años de su vida.

   Porque dio a su arte la categoría de una profesión que le asegurase el suntuoso nivel de vida del que se creía merecedora y, de paso, le sirvió para cobijar sus fantasías sexuales. Acabó siendo un poderoso referente en la high society de su tiempo y, por añadidura, su retratista preferida. Ciertamente, con el exquisito -y meritorio- trato que se le prodigó en sus años de éxito, Tamara debió sentirse feliz y poderosa, al fin reconocida.

A semejante trasiego vital se sumó una agitada vida amorosa y sexual -alternando a capricho pasión e interés-, así como una gloria y posterior decadencia artística y personal que justificarían sobradamente una versión cinematográfica de su persona -qué digo, ¡una trilogía!- como icono incuestionable de una época y como prototipo de la mujer moderna.

   Nadie como ella homenajeó tan bella y sugerentemente el cuerpo femenino armada de un fino pincel de marta cibelina. Nadie tan original y elegante, tan seductora y voluptuosa como ella.  Sólo Dominique Ingres (1780-1867), el exquisito pintor de odaliscas que le sirvió mayormente de inspiración, podría hacerle sombra. También él exaltó las delicadezas de la anatomía femenina aunque -tristemente- con conciencia de pecado, cuestión que -felizmente- no preocupó en absoluto a la baronesa Kuffner.

El baño turco de Ingres

Nuestra baronesa, hecha un brazo de mar, rebosando carisma y glamour, obligaba a cuantos encontraba a su paso a detenerse y a girar la cabeza fascinados ante su teatral rastro. Fue, además, una mujer sexualmente ambigua, excéntrica, intuitiva, y orgullosa y, no obstante, celosa de su intimidad, lo cual alimentaba aún más su aura de misterio. Igual se adaptó a la vida bohemia de Montparnasse que a los círculos más selectos y aristocráticos neoyorquinos, en los que encajó cómodamente.

Andrómeda

Satisfaciendo siempre su supremo deseo de contemplar la belleza -adoraba a los grandes pintores italianos- se dedicó a encumbrarla en el cuerpo femenino con la osadía y veneración de un rendido amante.

   Y es que sus pinturas exaltan abiertamente la carnalidad femenina, su erotismo. Sus modelos igual se muestran voluptuosas y excitantes como misteriosas y decadentes. Parecen constreñidas dentro del marco, incómodas, como si ese encuadre se les quedara pequeño; a veces parecen incluso gigantes, con partes del cuerpo desproporcionadas o deformadas, e incluso geométricas.

Las telas caen descuidadamente sobre el cuerpo sugiriendo los más recónditos escondites femeninos. Los colores, siempre luminosos y claros, especialmente en la piel y en los labios, dan vida a un lienzo que palpita de deseo .

Adan y Eva

Parecen haberse abandonado a un placer reciente que aún perdura o a uno futuro que se intuye; o quizá a un profundo sueño, una indolencia de la que no parecen querer despertar. En las miradas, frialdad, seguridad, lujuria o seducción se alternan con sumisión o inocencia, toda una galería de emociones que hablan de la complejidad del alma femenina.

La durmiente

La excentricidad tiñó de un toque original la última voluntad de aquella mujer “cuya belleza suspendía el aliento”, según se cita en la completa biografía que Laura Claridge le dedica: quiso que sus cenizas se mezclaran con la refulgente lava -como la piel de sus modelos- del volcán Popocatepetl, en Méjico. Y eso sólo pudo hacerlo el helicóptero que sobrevoló el cráter arrojándolas a su interior. Un final a la altura de una diva.

   A pesar de no ser justamente reconocida en los libros de arte, sí lo ha sido por parte de algunas estrellas de Hollywood que se rindieron a su belleza y a su carisma, al igual que yo. (Confío en que tampoco os deje indiferentes a vosotros).

Su estética y su obra sirvieron de inspiración a nuestra incombustible Madonna, quien le dedicó justas menciones en alguno de sus videoclips, como en Open your heart (1986) o en Vogue(1990), donde las imágenes de sus lienzos sirvieron de fondo a una recreación en blanco y negro de los años treinta. Inspirémonos, pues, en la belleza y en la música para conectar con el placer y el disfrute de la vida.

Un abrazo!!

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