BDSM la disciplina del dulce azote

Castigos, ataduras, mordazas,  degradaciones,  humillaciones, ¡episodios de axfisia!… No, no me estoy refiriendo a las secuelas con las que la tenaz crisis económica  nos ha ido “castigando y azotando” -aunque la referencia no sería desatinada- , sino al BDSM.

 

Es más: comparada con aquélla, las disciplinas agrupadas bajo el acrónimo BDSM (Bondage, Disciplina, Sumisión y Masoquismo) casi parecen  una “bendición”; una experiencia  extrema vivida como un placer consensuado, amoroso; un juego, en definitiva, donde los roles se reparten entre dominadores y sumisos; donde los encuentros tienen lugar en mazmorras acondicionadas con toda clase de “pícaros juguetes”  que hacen posible -¡ayyyy!- mil y una travesuras o caprichos sadomasoquistas (esposas, antifaces, máscaras, látigos, fustas, potros, columpios… -vaya, el inquisidor medieval Torquemada se habría sentido a sus anchas -) ; donde se establecen, asimismo, reglas respetuosas en un contexto de comunicación y complicidad entre los amantes, buscando en última instancia  la liberación de las inhibiciones, el placer del abandono y del sometimiento para alcanzar el placer erótico (visto así… parece que apetece).


Igualmente, y como conjuro para la odiosa crisis y como primera referencia cinematográfica de tinte sadomasoquista -aunque suave-,  me apropiaré del optimista propósito que se cuela al final de la película “¡Atame!”, (1990) de Pedro Almodóvar: “RESISTIRÉ aunque los vientos de la vida soplen fuerte, RESISTIRÉ para seguir viviendo…” -ese Dúo Dinámico siempre en la brecha-.

Se trata de un acertado título que sintetiza a la perfección la complejidad del BDSM,  por cuanto el imperativo ¡Atame! expresa sobradamente la pasión, el dolor, el placer, el  deseo, la sumisión y la obediencia que se esconden bajo esas siglas.


Hoy por hoy, la estética bondage nos  asalta – gustosamente, al menos para mí-, por doquier: en exposiciones, revistas, retrospectivas fotográficas o protagonizando campañas de lencería, sin olvidar algunas tiendas especializadas en la materia, la singular Madrrub, que te permite enfundarte en un vestidito de látex  y derrochar  atrevimiento en la oficina (bueno, eso más adelante); y por, supuesto, en la literatura erótica que ha despegado imparable a las alturas.

Todo apunta y se relaciona inexorablemente con esta bella, erótica y transgresora  estética, incómoda -y no sólo por los cordajes- y atractiva a la vez. Ya lo expresó el poeta romano Catulo en el Siglo I a.C: “odi et amo”. Racionalízalo si te atreves. Octavio Paz, que se atrevió, llegó a la siguiente conclusión: “el amor es una pasión misteriosa, hecha de opuestos, deseo y temor, ternura y celos, ferocidad y caricias”. Sobran más explicaciones. Así que, ¿por qué no aceptar la complejidad de la sexualidad -y del amor- y sus múltiples y respetuosas formas de expresión?.

¿Y tú, qué piensas?

2 comentarios
  1. Leda
    Leda says:

    Te diré cual es el verdadero amor .
    En el tren del amor no caben las mentiras. Ni el olvido . Ni las ausencias.
    Todo lo demás, aunque incomprendido sea, se puede llamar amor. Y tanto.

    En el bdsm los vínculos son reales e indescriptibles. Aquí son los instintos de las personas los que se manifiestan.
    Entonces , eso , no hay lugar para la mentira.
    Lo que sucede es la pura verdad.

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